Golpeaba la manija de la puerta de quiebres curvos, hacia bajo y hacia arriba.
-Nada más, cuervo loco!-entretejió en una bocanada fortuita.
Lento se volvió.
Cachó el tenedor y se puso a comer plastilina, así, a lo bestia.
El reloj cucú marcaba que era hora de la pastilla.
Mejor dormirse una siesta, antes de que la pared te ahorque la cintura.
domingo, 24 de junio de 2007
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